El crimen de César: el niño de la maleta

 El primer caso que aparece en el libro 'Territorio Negro' de Manuel Marlasca y Luis Rendueles es uno que conmocionó a España en el año 2008 por la desaparición de un niño cuyo cadáver fue encontrado cerca de una peculiar maleta donde guardaba todos sus objetos personales.

La investigación policial de entonces no tardó en dar con la culpable de aquel asesinato: su madre. Y la historia de cómo Mónica Juanatey provocó aquel acto sin sentido está llena de mentiras, imaginaciones y frialdad absoluta.

Os invito a que la conozcan.



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*Los hechos que van a contarse a continuación sucedieron de forma real y descubrí todos los pormenores en el libro llamado ‘Territorio Negro’, de Manuel Marlasca y Luis Rendueles.

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Es curioso cómo a veces en el mundo del crimen un objeto cercano o un simple detalle que es una prueba fehaciente, puede resolver un caso. Un criminólogo lo podría expresar mejor pero eso es lo que pasó en un caso terrible ocurrido en el año 2008 y unas iniciales que dieron inicio y fin al asesinato de un niño inocente: César J. F.

Ese nombre estaba escrito en el interior de un plumier lleno de colores y rotuladores, en el espacio que tenía que ocupar una simple goma de borrar. Noten la casualidad, el joven César nace el año 2000: el inicio de un nuevo siglo, de una nueva era. Ese año todo el mundo estaba asustado y en parte pendiente de los enormes avances que vendrían a partir de este nuevo periodo. Algunos notaron como un avance en el tiempo, parecía que todo pasaba más rápido, las máquinas electrónicas comenzaban poco a poco invadir nuestras vidas pero todavía quedaba lejos tanto Internet como las redes sociales. Aquellas máquinas solo servían para jugar (como las PlayStation o Game Boy) o para llamar a alguien (caso de los primeros prototipos de teléfonos móviles). Por entonces, el material escolar, los juguetes, cartas, tazos o cómics servían para aprovechar el tiempo de un niño pequeño cuando descansaba de lo que parecían eternos horarios de colegio (para algunos nunca fue suficiente ya os lo aseguro) y que otros repasaban constantemente y soñaban con tener la mínima moneda posible para ir al kiosco de la esquina de tu calle, ese que siempre estuvo y que ahora en estos tiempos quizá ya no está, y comprar esos sobres de cartas, esa colección que tanto ansiabas, esa revista con el póster de tu cantante o actor/actriz preferido, esa chuchería que te daba el momento más placentero y dulce posible… Sí, sin saber cómo fue el pequeño César en vida, uno se imagina como niño que también ha sido y vivió esos tiempos también siendo un infante que aún estaba en el colegio aquellos tiempos que cambiaron una vez entró el nuevo milenio.

Ese niño nunca pudo llegar a la adolescencia, nunca pudo disfrutar más de esos pequeños placeres materiales de la vida, no pudo seguir creciendo, ni estudiando… Un crimen horroroso hacia él acabó con su vida, y no vino de una persona externa a él, sino de su círculo familiar y cercano: su propia madre. "Hemos cerrado un caso de libro que estará en las escuelas. Es un éxito", dijo en su momento el jefe de la Policía de Baleares, Bartolomé Campaner, cuando descubrieron los restos del joven César al lado de una maleta que aún contenía aquellas cosas que al niño le hacían feliz y pasar el rato como unos cómics manga, otros enseres y su ropa. Una maleta iba a ser la prueba definitiva, iba a ser el apellido final para este caso. En ese momento, todo lo que tenía aquel niño cabía en una maleta y su asesina no cuidó ni siquiera ese detalle. Dejarlo morir con su maleta cargada de sueños e ilusiones. Este caso seguramente despertará más de una emoción escondida en nuestro interior.

Un 23 de noviembre de 2010, dos hermanos que se dirigían a desbrozar una zona boscosa en el sur de la isla de Menorca (concretamente, en Binidalí del Camí) encuentran una maleta roja y grande, la típica maleta de fibra sintética que se usa para mudanzas y viajes. La curiosidad de aquellos hermanos no se hizo esperar y entre montones de ropa encontraron objetos como tebeos, cromos, un estuche escolar, un reloj digital con correa de plástico y dos pequeños cubos de metacrilato con dos insectos en su interior: una araña y un escorpión. Pero eso no fue lo único. Lo que más impactó a aquellos dos hombres curiosos fue el encontrar en la misma maleta un cráneo con fragmentos de pelo todavía adheridos. Parecía el cráneo de un niño.

Lo que habían encontrado aquellos hombres, de repente, era toda una vida, guardada en una maleta. De momento esa vida no tenía un nombre pero obviamente todas aquellas pruebas presagiaban un crimen, del que pronto se haría cargo el grupo de Homicidios de la Brigada de Policía Judicial en el término municipal de Mahón donde fue el hallazgo. Cual rito funerario más propio del antiguo Egipto, la Policía ya tenía pruebas suficientes y claras para investigar: poseían un cadáver y una serie de objetos y enseres que seguramente pertenecían a la misma víctima. Los restos se trasladan en helicóptero hasta Palma de Mallorca para realizar el pertinente estudio forense. El examen no tardó en dictaminar que el fallecido era un niño de entre diez y doce años, de origen español o latinoamericano. A pesar de su estado de descomposición, la dentadura propia de un ser humano que está en pleno crecimiento fue la clave para determinar ese rango de edad. Lo que faltaba por descubrir era el momento exacto de su muerte y la forma. Es decir, ¿quién o qué provocó la muerte de este joven?

Mientras tanto, la Policía se dedicó a investigar los demás objetos que contenía aquella maleta. Unos cómics de Naruto de los años 2003 y 2004 parecían muy lejanos en el tiempo, sin embargo, aquellos cromos de luchadores de la WWE que eran de 2007 y que aún se conservaban en buen estado sí que les dio a los investigadores una buena pista. Obviamente, con un artículo con fecha cercana a la muerte sería un buen punto para saber la trazabilidad de esta muerte aún sin catalogar por el momento. Los agentes de Homicidios comenzaron primero realizando una búsqueda rápida en la base de datos sobre alguna denuncia de desaparición de algún menor que coincidiera por la zona desde 2007 a 2010, pero no encontraron nada. Tristemente, de los miles de menores que desaparecen cada año no encontraron pruebas relativas al hallazgo del joven y sus objetos personales. Veinticuatro horas después del hallazgo de aquellos dos hermanos, el cuerpo se mantenía en una cámara frigorífica del Instituto de Medicina Legal de Baleares aún sin nombre.

Los agentes siguieron analizando los objetos personales del chico, y descubrieron que aquel escorpión y araña que iban metidos en cubos de metacrilato separados era parte de una colección de quiosco. Analizaron también el estuche, ya carcomido por la humedad y fauna necrófaga. En su interior encontraron un compás, dos bolígrafos de la marca Bic, varios lápices de colores y una goma de borrar. Con una investigación más a fondo de esos objetos los policías encuentran una inscripción escrita con una grafía propia de un niño que decía “C sar J. F.”, es decir, se acaba de descubrir que el niño se llamaba César y que las iniciales de sus apellidos eran J. F.

Con tamaña pista, de nuevo se volvió a consultar la base de datos de los miles de menores desaparecidos en España, pero no encontraron a ningún César J. F. ni en los registros de los hospitales de Baleares ni en los centros escolares. Así que se fueron al Documento Nacional de Identidad (DNI) y desde ahí por fin descubrieron que el chico fallecido se llamaba César Juanatey Fernández, nacido en Noia el 6 de marzo de 1999 y domiciliado en la misma localidad coruñesa con el documento caducado desde hace dos años. En la información de ese registro se descubre que su madre se llama Mónica Juanatey Fernández y fue de quien había tomado sus dos apellidos, por lo que quedaba en duda la figura paterna del pequeño. Su madre, en cambio, sí fue identificada y residía en Mahón, curiosamente a solo siete kilómetros del lugar donde apareció el cuerpo de César. Solo habían pasado cuarenta y ocho horas del hallazgo y la investigación policial ya había estrechado el cerco sobre una principal sospechosa: su madre.

Así que, se elaboró la estrategia. Los policías de Homicidios comprobaron que los padres de Mónica vivían en Galicia y que su hijo César había estado matriculado hasta el 30 de junio de 2008 en el Colegio Felipe de Castro de Noia hasta tercero de primaria, sacando muy buenas notas. Los policías comenzaron llamando en primer lugar a Víctor, el abuelo materno, y éste les dice que desde hacía más de dos años no sabían nada del niño, que creía que aún vivía con su madre en Menorca y que su hija no contestaba al teléfono. Es decir, la ruptura entre Mónica y sus padres era tan real como así Víctor les confirmó a los agentes en esa llamada que ella les daba igual, pero del niño sí querían saber ya que realmente se crió con sus abuelos. La noticia del descubrimiento del cuerpo ya se estaba difundiendo por los medios locales y los agentes pensaron que era el momento de ir a por la madre de César antes de que se entere y huya. Un 26 de noviembre de 2010 la mujer abre la puerta de su vivienda a los policías cuando no habían pasado ni setenta y dos horas desde las primeras pesquisas. Uno de los policías le pregunta a bocajarro, “Mónica, ¿dónde está César, tu hijo?”.

Detrás de la mujer aparece la figura de un hombre quien dice ser su novio cuando los policías le preguntaron. Mónica avanza levemente hacia uno de los policías que estaba al mando y en apenas un susurro le dice que César estaba viviendo con su padre en Galicia desde hacía siete años. Esa versión no cuela, y Mónica sale esposada de su domicilio. Su novio, Víctor, también es conducido a comisaría para prestar declaración como testigo. Y de hecho, fue al que primero preguntaron. Éste les cuenta que conoció a Mónica en un chat de internet a finales de 2007, cuyo nombre por entonces era Muki. Se cayeron bien y ella viajó a Menorca donde vivía él y comenzaron una relación donde ella ya se estableció allí un año después por tema laboral. Como lo estaba contando, Víctor ya les desgranó el recorrido de la llegada de su novia a la isla y eran datos cruciales para el comienzo de la investigación policial. Cuando la mujer llegó a Menorca, primero trabajó como auxiliar de vigilante de seguridad en el aeropuerto, después estuvo un tiempo en una panadería y, al momento de ser detenida, era limpiadora en un concesionario de coches. Víctor ni siquiera sabía en el momento del interrogatorio que Mónica tenía un hijo. Con la ficha del DNI de César delante, los agentes se lo demostraron, y el testigo les dice que ella tenía un sobrino que se llamaba igual, que lo conoció en el verano de 2008 y que se lo presentó como su sobrino, nunca como su hijo.

Ese interrogatorio fue fructífero para los agentes de Homicidios porque supieron de inmediato que Víctor no les mintió, que no era parte de ningún plan de Mónica Juanatey, sino que era otra víctima más de las mentiras de una nueva vida que ella misma se había creado en Menorca tras eliminar cualquier rastro de una existencia anterior. Según su novio, Mónica le había dicho que era huérfana, sí que era nacida y criada en Galicia, pero con la muerte de sus padres ya nada le ataba a aquella comunidad. Mentira. Al niño lo reciben en un mes de julio de 2008, corroborándole al mismo Víctor que era “el hijo de su hermana”. Lo recogen en el aeropuerto y el pequeño transportaba una maleta grande, la misma que los agentes le muestran cuando lo hallaron muerto.

Este intrincado puzzle del principio se estaba resolviendo con piezas cruciales. Mónica aún seguía en el calabozo sin todavía haber sido interrogada. Apurando el límite legal de esas setenta y dos horas por el que la policía puede retener a un detenido antes de ponerlo a disposición judicial, querían armar todo el edificio acusatorio contra la mujer gracias a las declaraciones de los testigos y las pruebas de su ordenador y teléfono móvil. La gran baza para los agentes era su pareja, Víctor, quien con el paso del tiempo se le notaba su inocencia y quien trataba en todo momento de demostrar que no sabía nada del homicidio del niño. Era la mejor baza policial. Les cuenta que César estuvo con ellos diez días viviendo en su piso, y que apenas podía verlo porque su horario de trabajo que era de ocho a ocho apenas le daba tiempo de estar en casa. Sabía que Mónica y el pequeño pasaban la mayor parte del tiempo en la playa, que al joven César le gustaba leer cómics, dibujar…pero que cuando se mostraba cariñoso con Mónica llamándola “mamá” ésta le decía que “No soy mamá, soy la tita”. Ante eso, Mónica le contó que el niño se había criado en su casa y que por eso estaban tan unidos. Pero un día que volvió a casa después de otra dura jornada de trabajo, el niño ya no estaba en casa y Mónica le dijo que había vuelto a Galicia. Víctor ya no volvió a ver a César, y que por eso pensaba que había muerto, porque la gran mentira de Mónica fue que el niño moriría al poco tiempo en un accidente en Galicia.

Los padres de Mónica, Víctor y Josefa, contaron a los investigadores que el padre del joven César era un joven de Noia llamado Iván. El niño nació cuando ellos ya habían roto su relación y Mónica le negó una prueba de paternidad a pesar de que éste quiso hacérsela para hacerse cargo en su papel como progenitor del bebé. Al poco de nacer, Mónica ya estaba conviviendo con Alberto un chico procedente de una localidad situada a solo siete kilómetros de Noia llamada Lousame. Éste sería el que tomaría el papel de padre de César por derecho, pero no por hecho. Convivieron juntos hasta finales del año 2007 en la localidad gallega de Noia. Parecían anunciarse campanas de boda en esta relación, hasta que de repente, Mónica se marcha a Menorca porque al parecer se enamoró de un tal Víctor, un vigilante de una quesería. Así que, cegada por ese amor, abandona su lugar de origen, con su hijo, su pareja y sus padres casi sin reparos ni vuelta atrás.

Una vez instalada en Mahón, Mónica regresa a Galicia a principios de 2008 ‘solamente’ para arreglar el asunto del niño: dejarlo al cuidado de sus padres, y así romper toda relación con su anterior pareja, Alberto, quien se vio como una víctima más de los deseos egoístas e impulsivos de Mónica. Pero los abuelos le recriminaron a su propia hija que la responsabilidad de criar y cuidar a su hijo era de ella, y le recordaron que en cualquier momento el padre aparecería de nuevo para reclamar su paternidad y, quizá, custodia del pequeño. Así que, una vez que el pequeño terminó su curso escolar en Noia, su madre se compromete a quedarse con César como debe ser y buscarle colegio en Menorca. La abuela lo recordó de esta manera contándoselo a los policías a la pregunta de cuándo fue la última vez que vieron al pequeño:

“El 1 de julio de 2008 lo llevamos al aeropuerto de Santiago para que se fuera con su madre a Menorca. Le compré el último número de Naruto, unos cuentos que le gustaban mucho, para que se entretuviera en el avión. En la maleta le metimos toda su ropa, sus cosas del colegio, sus cromos, sus libros…”

Y con todo ello, acabó desaparecido.

Después de aquella partida, los abuelos no volvieron a saber nada de César. Su hija les llamó para confirmarles que a pesar de que el vuelo llegó con retraso, el niño llegó bien y contento el mismo día, con aquella maleta que sus abuelos le ayudaron a preparar seguramente y donde el joven César llevaba como reflejo de su todavía corta existencia. Desde entonces, los abuelos llamaron y llamaron numerosas veces a su hija para saber cómo estaba el niño pero ella nunca contestaba a las llamadas. Y al mandarles regalos, siempre eran devueltos por “destinatario desconocido”. Solamente sabían de él de forma indirecta a través de una serie de fotografías por Internet que una prima de Mónica y sobrina de los abuelos les mandaba. Y es aquí donde comienza otra parte importante de la investigación.

En el teléfono móvil de Mónica Juanatey se encontraron unas cuantas imágenes de César en Menorca tomadas durante aquellos diez primeros días de julio del año 2008 que pasó con su madre y su pareja, Víctor. En una de ellas aparece dibujando, una de las pasiones del niño. Esa y algunas otras imágenes similares fueron las que su prima enseña a los abuelos para mostrar que el niño se sentía a gusto y feliz viviendo en las Islas Baleares con su madre y su nueva pareja. Pero cuando los agentes indagaron en las incipientes redes sociales de Facebook y Windows Live –una red social que por entonces usaba Microsoft-, se fueron percatando de las mentiras de Mónica. El 12 de julio de 2008, Mónica le escribe a su prima a través de Internet que acababan de trasladarla en su trabajo a Mallorca y que César estaba muy contento viviendo allí y que estaba yendo a clase, pero según los cálculos de la policía el niño ya llevaba dos días muerto. Cinco días después, Mónica vuelve a escribir a su prima que estaba muy liada preparando las cosas para el traslado de ciudad y que César le enviaba un beso muy fuerte. Y unos días después (30 de julio), manda un mensaje a unos amigos en Noia donde les dice que el niño estaba bien, que estaba yendo a clases de catalán en verano para que fuera preparado cuando comenzara el nuevo curso escolar. Un nuevo curso escolar que el pequeño César nunca podría cursar porque ya no estaba.

Como pueden comprobar, la frialdad con la que Mónica parecía transmitir esa falsa felicidad por sus redes sociales. De alguna manera, y mal dicho, parecía estar soltando lastre y rompiendo amarras de esa vida anterior; y para ello, tenía que quitarse de encima de forma verdaderamente injusta a su hijo César. Porque Mónica le escribe un 12 de noviembre de 2008 a su prima que el niño había realizado la comunión y que la celebró con cinco amiguitos suyos de la escuela sin ir vestido de marinero como así le contó a su prima unos días después. Y quizá para no tener más sospechas, se atrevió hasta a suplantar una imagen de su hijo en su red social de Facebook.

Mónica Juanatey sabía utilizar Internet, sabía cómo manejarse en las redes sociales del momento como aquel blog que tenía en My Space llamado ”Terror a la gallega”, un espacio personal donde solía publicar siniestros dibujos y el cual el juez ordenó clausurarlo una vez Mónica fue detenida. Ella ya se había asegurado que en Galicia todos supieran que el niño vivía bien con ella en Baleares, pero la historia era muy distinta donde vivía con su novio Víctor, ya que según la contable del concesionario de coches en el que trabajaba como limpiadora le contó que su hijo había muerto en un accidente de tráfico cuando conducía su hermano, de esta manera, demostraba el por qué no se llevaba bien con su familia. Esa confianza produjo que Mónica también le contara a esta mujer que llevaba casada once años, algo que, por supuesto, era también mentira.

Debido a la monumental cantidad de pruebas que había estado recogiendo la policía en contra de Mónica Juanatey en tan corto período de tiempo, el 28 de noviembre de 2008 deciden interrogarla después de llevar detenida solamente dos días. Entre las pruebas forenses de César, los testimonios de su pareja y el de los abuelos más las pesquisas encontradas en el registro de su teléfono y en el ordenador, el interrogatorio iba a ser simplemente un mero formalismo para que se arrepintiera y contara de una vez por todas por qué hizo lo que hizo. Solamente duró un intento, ya que Mónica confesó en primera instancia que estaba en casa con su hijo y que él se había metido en la bañera justo cuando ella había subido al piso de arriba, y cuando bajó el niño estaba ahogado, por eso decidió meter sus cosas en una maleta y llevarlo al monte. Una versión con muy poca credibilidad donde los agentes simplemente lo que hicieron fue posponer la declaración debido al derrumbe de lágrimas y de mentiras en el que Mónica había entrado con la presencia de su abogado durante aquel primer interrogatorio. Unas horas después, Mónica comienza a contar una historia adornada con varios embustes que comienzan diciendo que “justo cuando César tenía un año su padre se marchó sin dar explicaciones y estuvo cuatro años sin saber nada de él, quien no le ayudaba económicamente y por eso tuvo que vivir en la casa de sus padres con los que no se llevaba bien”. Algo que los agentes ya sabían que no era cierto ya que Mónica le negó en su momento una prueba de paternidad, las mentiras continuaron cuando dijo que se fue de Galicia a Menorca “para trabajar” obviando que la razón principal fue que conoció a Víctor por Internet. También llegó a decir que sus padres enviaron al joven César a Menorca sin contar con ella, algo que los abuelos negaron. Ella lo achacó a la falta de ayuda económica porque aún estaba en búsqueda de trabajo. Confesó que había mentido también a su pareja, Víctor, “porque no sabía cómo se iba a tomar el hecho de que fuese madre”, por eso se lo presentó como su sobrino. “¿Por qué lo mataste?”, le preguntan los agentes y la respuesta de Mónica puede leerse en el libro así, tal cual:

“No quería matarlo. Quería mandar a César de vuelta a Galicia y no sabía cómo. Un día perdí la cabeza, estaba agobiada, estresada, mi pareja no conocía la verdad, yo no tenía trabajo… Ahogué a César en la bañera y cuando ya no respiraba traté de reanimarlo…, no respondía. Yo no me enteraba de nada. Tuve a mi hijo muerto en brazos, llorando. Estuve así tres o cuatro horas. Luego me di cuenta de lo que había hecho”.

 

Después de aquel acto atroz sin sentido a pesar de su explicación desesperada, Mónica metió todos los objetos de César y quemó su DNI. La famosa maleta que fue encontrada con las pertenencias del pequeño dos años después es lanzada por su madre en el bosque de Binidalí desde el coche con el que conducía. Así que, con tales actos y declaración, el titular del Juzgado de Instrucción número 2 de Mahón envía a prisión a Mónica Juanatey. Sale de su vivienda esposada, con los ojos impertérritos de su pareja, Víctor, que no daba crédito a la escena y a todo lo que ha estado viviendo en pocos días. Tuvo que haber sufrido mucho el hombre al haber estado viviendo con una persona cuya mentira y sangre fría a la hora de matar a su hijo no fue ni mucho menos lo que uno espera de alguien que había estado vendiendo una vida paralela por otros medios. Y el pobre Víctor iba a dar menos crédito a lo que estaba pasando cuando recibe una llamada telefónica pocos días después de la detención, quien llama es un tal Agus y dice que es el novio de Mónica, y que estaba preocupado porque siempre hablaba con ella y llevaba varios días sin saber de ella. Víctor se queda asombrado porque ese hombre le estaba reconociendo ser su novio cuando en verdad lo era él, pero el tal Agus le confiesa que Mónica le había hablado de que convivía con un tal Víctor, quien era su compañero de piso. Traten de ponerse ahora mismo en el lugar de Víctor y la cara que pondría en ese momento.

Con toda aquella trama de mentiras e irrealidades, Víctor decide, como es lógico, desvincularse por completo de Mónica Juanatey, pero Agus no, ya que se habían conocido a través de Internet y a éste no le importaba lo que había hecho. Como ha ocurrido con otras historias amorosas y de acercamiento a delincuentes y criminales estando en la cárcel (caso de Charles Manson, por recordar uno famoso) contrae matrimonio con ella en la prisión de Palma a donde la habían enviado en el año 2011. En octubre de 2012 se sienta en el banquillo de la Audiencia Provincial. Aquel juicio duró tres días, y certificó que la parricida no sufría ninguna patología para cometer tal crimen. Eso sí, los psiquiatras dibujaron claramente en su cuadro que era una psicópata de manual por: mentir, engañar, la falta de sentimientos, la frialdad, actuar sin pensar en el daño que puede cometer a los demás,… “Le da igual, actúa como quiere, pero eso no le impide en absoluto tener capacidad para conocer lo que está bien y lo que está mal, controlar su conducta, sopesar y valorar las consecuencias de sus actos”, así termina el informe psiquiátrico.

Mónica llega a la vista cabizbaja, y hablando en susurros declara que su confesión a los policías la hizo por presión, por eso volvió a su versión inicial como quien había perdido la memoria de lo que había confesado anteriormente entre sollozos desesperados a los agentes: que César había muerto en la bañera después de prepararle un baño y bajar a la cocina a limpiar la vajilla, que después de eso no recuerda más, que lo quería… todo eso entre los sollozos que volvían de nuevo a su rostro. Pero el fiscal le pregunta directamente: “¿Considera la posibilidad de que hubiera sido usted quien matase al niño?”, y la respuesta de ella fue un contundente “Sí”.

El veredicto de culpabilidad tardó diez horas en darse. El jurado fue casi unánime al considerar que “Mónica mató a César con alevosía y que lo hizo en plenitud de sus facultades mentales”. La pena de prisión sería de veinte años de cárcel, la máxima solicitada por el fiscal. En aquella misma sentencia, el juez narró lo que pudieron haber sido los últimos momentos de la vida del pequeño César de una manera casi poética:

“Confiado y sin esperarse modo alguno lo que iba a suceder, estaba ya metido en la bañera para, de forma sorpresa y totalmente inesperada para el menor, sujetarle la cabeza con su mayor fuerza y sumergirlo en el agua manteniéndolo así hasta llegar a la asfixia total, de modo que las posibilidades de defensa quedaron por completo eliminadas”.

 

 

Mónica Juanatey aún está cumpliendo condena y en menos de diez años saldrá en libertad sin saber todavía si será consciente del daño que hizo a su hijo, carne de su carne y sangre de su sangre. Sin entrar en debates sobre el tema de la “prisión permanente revisable” o de la “violencia vicaria machista” que tanto ha llenado de portadas los diarios españoles, este caso refleja bien claro que hay mujeres que también matan, usando también la frialdad, el engaño y el poder de la mentira. Luis Rendueles y Manuel Marlasca comienzan con este caso su ‘Territorio Negro’  y demuestran que el crimen no entiende de géneros, ni de razas, ni de edades. Es algo que ocurre y siempre sale perdiendo un alma inocente, sea un niño, una niña, una mujer, un hombre; un ser humano, en definitiva. Esta mujer en concreto decidió crearse una vida llena de fantasías y de mentiras, y quizá tuviera mucho que ver lo que le gustaba escribir relatos de ese tipo de género ya que ganó hasta un certamen literario con un cuento de terror que tituló ‘El hermano gemelo que era el diablo’ y donde contó la historia de dos hermanos gemelos cuya madre muere en el parto, justo cuando uno de ellos comienza a respirar, ese hecho produce que la abuela materna considere que su hija trajo al mundo un espíritu maligno que vive de una manera introvertida y reservada en su habitación, un alma aislada y solitaria convencida de que es una encarnación del mal. En aquel relato, Mónica utilizó nombres japoneses como si fueran sacados de las historias manga de las que era aficionado su hijo. Como han podido comprobar, la imaginación fue el gran calvario de esta mujer en la que quizá tuvo razón y si basó ese relato en su historia misma, quizá ella fuera la personificación de algo maligno.


 

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